En otro tiempo (pensaba él) y bajo una fuente de luz que no reconocería, encontraría, ya por fin, el motivo y motto que necesitaba y nunca había alcanzado ni siquiera a percibir que echara en falta. Esta carencia que nunca supo que tuvo y le atormentaba todas las noches (o al menos cada martes), quedaba patente en absolutamente todos sus recurrentes sueños sobre bodas que acababan con la tarta nupcial en llamas y donde todos los invitados, tras la ceremonia, corrían en direcciones que no tenían por qué ser la salida. Llamas verdes.
Pues bien, al acabar una madrugada de martes se sintió muy capaz, de repente, de crear paralelamente a su trabajo como taquígrafo, en las horas que él consideraba muertas pero realmente estaban agonizando y podían salvarse, obras completas basadas en sus sueños. Obras artísticas de cualquier formato e índole basadas en esa tarta ardiendo, cuyo lema se podía resumir, según sus apuntes, en la moderna tragedia que suponía para él que los conceptos de quererla y tenerla nunca se dieran a la vez en una misma mujer: el principio y fin del amor. Cuando la tenía ya no la quería y viceversa. Normalmente eran cuadros de témperas pastel de las figuras de cera que representan a la pareja, vestidos como para casarse, derretidas, sonriendo, con un tono verdoso. También canciones.
Los cuadros representaban la culminación de la vida amorosa, el último punto de la última etapa de una pareja como entidad, como concepto: la cima de una relación. "A más no se puede llegar". Representaban el fin del cortejo, de la fase del enamoramiento y, por consiguiente, la muerte inmediata e incinerada del verdadero sentido de “amarse”, o sea, todo lo anterior a ese punto. Pero también representaban, de alguna manera y de forma más abstracta (según él), el súbito y esperanzador nacimiento de entre todas esas cenizas del más básico sentido de vivir: no morir solo.
25 may 2013
19 may 2013
Metadiálogo
— Las tres y cuarto. Y a ver si se compra ya un reloj, José María... ahorraría tiempo y saliva.
— Pero que yo no quiero saber la hora.
— Y entonces para qué me la pregunta.
— Preguntarle el qué.
— La hora.
— La hora se pide o se da, no se pregunta. Y yo no le he preguntado nada.
— Me ha preguntado que qué hora es y por eso yo se la he dado. No estoy loco.
— Pero ahí no aparece.
— ¿Que no aparece el qué? Me enerva.
— Que no aparece mi pregunta, le digo. Así que podría acusarle de inventor o mentiroso y tendría las de ganar. O llevarle a juicio y ganarlo también.
— ¿El juicio?
— Ganarle el juicio, sí.
— ¿Me está diciendo que la conversación la hemos empezado empezada?
— Si quiere verlo así...
— Pero que yo no quiero saber la hora.
— Y entonces para qué me la pregunta.
— Preguntarle el qué.
— La hora.
— La hora se pide o se da, no se pregunta. Y yo no le he preguntado nada.
— Me ha preguntado que qué hora es y por eso yo se la he dado. No estoy loco.
— Pero ahí no aparece.
— ¿Que no aparece el qué? Me enerva.
— Que no aparece mi pregunta, le digo. Así que podría acusarle de inventor o mentiroso y tendría las de ganar. O llevarle a juicio y ganarlo también.
— ¿El juicio?
— Ganarle el juicio, sí.
— ¿Me está diciendo que la conversación la hemos empezado empezada?
— Si quiere verlo así...
— ¿Y ahora por qué se subraya?
— Antojo.
— Es usted la peor persona que yo haya conocido jamás.
— Antojo.
— Es usted la peor persona que yo haya conocido jamás.
52''
La niña llevaba ya casi dos horas dormida pero dejó de dormir y ahora está despierta y con la garganta seca, mirando al techo sin ver nada. Coincidió la hora en que se levantara de la cama, en el preciso momento en el que plantara su pie descalzo en el suelo, en hora, minutos y segundos, con las veces que ya había hecho ese gesto en esa habitación y con ese colchón: 00:12:22; mil doscientas veintidos veces. Nunca jamás iba a pasar esto en esa casa con ninguna otra persona ya que en tres años, cinco meses y dos días se mudarían (todavía no lo saben) a otro sitio y con otros colchones y somieres. Intuyó algo loco, por un momento, al plantar ya el segundo pie. Algo especial estaba ocurriendo en su cara pero no sabía expresar con palabras lo que sintió al llegar a la cocina: abrió el grifo y ya no era más una niña. Maduró, de golpe y porrazo. Llenó el vaso, bebió el agua y se convirtió en mujer.
Este mágico e inexplicable suceso, por desgracia o porque sí, solo lo pudo saber la sábana bajera cuando volvió a colocarse sobre ella, a las 00:13:14. La ya-no-niña se quedaría con la duda pero ahora que no tiene la garganta seca ya puede seguir durmiendo tranquila.
8 may 2013
Tres días son mucho tiempo
Un señor lleno de barro y con las ropas rasgadas en una tienda de aparatos electrónicos.
— Hola, soy Tomás Falsas.
— Y qué desea.
— Pues verá, llevo casi tres días intentando entrar pero se me hizo prácticamente imposible y si no fuera por ese señor de ahí creo que ni siquiera estaría aquí ahora hablando con usted —señala a un señor—. Deberían facilitar una mejor entrada a su tienda si de verdad quieren clientes asíduos... como yo. Yo creo que sería un buen cliente si supiera cómo entrar. Venden cosas fascinantes. Como ese cable —señala un cable—.
— Hola, soy Tomás Falsas.
— Y qué desea.
— Pues verá, llevo casi tres días intentando entrar pero se me hizo prácticamente imposible y si no fuera por ese señor de ahí creo que ni siquiera estaría aquí ahora hablando con usted —señala a un señor—. Deberían facilitar una mejor entrada a su tienda si de verdad quieren clientes asíduos... como yo. Yo creo que sería un buen cliente si supiera cómo entrar. Venden cosas fascinantes. Como ese cable —señala un cable—.
— Pero hay solo una puerta como puede ver... con la que solo tirando de ella puede acceder al interior. Ahora dígame qué desea.
— Eso. Vengo a poner una reclamación sobre la pésima accesibilidad a su tienda. Solo eso.
— Intentaremos pensar en qué podríamos hacer para mejorarla. Pero ahora dígame, por favor, qué es lo que quiere, ya que hay una larga cola de gente detrás de usted.
— Le estoy diciendo que he venido solo a quejarme de que me ha costado la misma vida venir. Lo he pasado realmente mal.
— Eso. Vengo a poner una reclamación sobre la pésima accesibilidad a su tienda. Solo eso.
— Intentaremos pensar en qué podríamos hacer para mejorarla. Pero ahora dígame, por favor, qué es lo que quiere, ya que hay una larga cola de gente detrás de usted.
— Le estoy diciendo que he venido solo a quejarme de que me ha costado la misma vida venir. Lo he pasado realmente mal.
12 abr 2013
Se parece usted a quien yo quiera.
Una mujer blanca en cuclillas, regando con una jarra de cristal un trozo de acera frente a la puerta de su casa. Otra señora se para frente a ella con un pastor alemán rojo.
— Hola, ¿eres mi amiga Petricia?—La del perro.
— No, pero podría serlo —se incorpora con la jarra en la mano—. Le explico. Me confunden con muchas personas y todas de muy diferente apariencia las unas de las otras. ¡Incluso el género!
— Hola, ¿eres mi amiga Petricia?—La del perro.
— No, pero podría serlo —se incorpora con la jarra en la mano—. Le explico. Me confunden con muchas personas y todas de muy diferente apariencia las unas de las otras. ¡Incluso el género!
— ¡¿Incluso el género?!
— ¡Incluído el género, sí! Mire, el martes, por ejemplo, estaba aquí haciendo lo que estoy haciendo ahora, nada, y vino un chiquillo a preguntarme que si era yo Mario Casas.
— ¿Y qué le dijo? Es gracioso porque iba a preguntarle algo parecido... —rubor.
— Le dije que no pero le podría haber dicho cualquier cosa que se lo creería, ¡estaba tan y tan asombrado con mi parecido con el actor! Podría ser yo tantas personas...
— Y que lo diga :-).
— ;-).
La de la jarra vuelve a ponerse de cuclillas para volver a mojar el suelo. La del perro se queda mirándola, mientras sonríe pícara, y termina poniendo un gesto de sorpresa.
— Perdone, ¿es usted Whitney Houston?
— ¡¡La misma!! —Se vuelve a levantar— Me alegro tanto de que me haya reconocido.
— Pensaba que había muerto... por lo de que sale en las noticias que está usted muerta y todo eso...
— La droga es mala pero la televisión lo es más. No se crea nada de lo que dicen por ahí.
— Nunca perdí la fe en que estuviera viva ;-).
— :-D.
— ¡Incluído el género, sí! Mire, el martes, por ejemplo, estaba aquí haciendo lo que estoy haciendo ahora, nada, y vino un chiquillo a preguntarme que si era yo Mario Casas.
— ¿Y qué le dijo? Es gracioso porque iba a preguntarle algo parecido... —rubor.
— Le dije que no pero le podría haber dicho cualquier cosa que se lo creería, ¡estaba tan y tan asombrado con mi parecido con el actor! Podría ser yo tantas personas...
— Y que lo diga :-).
— ;-).
La de la jarra vuelve a ponerse de cuclillas para volver a mojar el suelo. La del perro se queda mirándola, mientras sonríe pícara, y termina poniendo un gesto de sorpresa.
— Perdone, ¿es usted Whitney Houston?
— ¡¡La misma!! —Se vuelve a levantar— Me alegro tanto de que me haya reconocido.
— Pensaba que había muerto... por lo de que sale en las noticias que está usted muerta y todo eso...
— La droga es mala pero la televisión lo es más. No se crea nada de lo que dicen por ahí.
— Nunca perdí la fe en que estuviera viva ;-).
— :-D.
13 mar 2013
17 feb 2013
Cariño, hay un foquista viviendo debajo de la cama
La pareja susurra extremadamente bajo
en la madrugada, en su habitación.
– Cariño, te podré escuchar cuando
te relajes.
– Pero que ya estoy relajada.
– Pues no, no estás relajada porque
dices muchas tonterías y todas juntas.
– Pero que yo no estoy loca.
Escúchame...
– Es muy tarde... y tienes sueño.
¡Y has cenado fuerte! Y se te ha mezclado todo eso con lo de la
entrevista de mañana, encima... –beso en la frente– Descansa,
cariño. Te quiero.
– Como a las locas. Lo que yo te
diga.
– A ver, Elena, cariño, son las
putas cuatro menos cuarto de la mañana, y yo zombie, y tú sin
pegar ojo desde hace cuántas noches, ¿cuatro? –Le da la espalda a
ella– Que son sueños, cariño, no sé cómo tengo que ponerme ya.
Es serio ya esto, ¿eh?
– Sueños, claro. Por eso estás
susurrando tú también, ¿no? Por eso, será por eso: porque son
sueños. Sueños míos, sueños de loca. Por eso susurras.
Él levanta la voz en la primera
frase.
– ¿SUSURRAR? A VER, SUSURRO PORQUE ES TARDE, ¿NO? Elena, no quiero ponerme borde pero por favor, quedan cuatro horas y poco para que suene el despertador, cariño... y yo NECESITO dormir, –se gira a abrazarla y tocarle el pelo. Ella, ojiplática– ¡y lo que más me duele de esto es que tú también! Y hoy tú más que yo... Y que me hayas dicho ya son cuatro noches que llevas sin dormir, pero a saber cuántas son realmente pero no me lo dices por miedo a qué se yo. Estás tonta.
– Pues ahora que sacas el tema llevo
un año durmiendo fatal. Pero es que últimamente ya ni puedo.
– ¿Ves? –Deja de abrazarla– ¿Y la
confianza? Joder, Elena. Qué es lo que te pasa.
– No sé cómo decírtelo... pero es
que no soy yo, Edu.
– Los fantasmas esos de tus sueños,
¿no?
– No, si fantasmas no son porque vivos, están. Los he visto, amor, y no estoy loca. Pero es que por la noche
hacen más ruido...
– ¿Y por qué no he visto yo na
puta mierda? Piénsalo bien.
– Mira, mira a la ventana ahora
mismo –susurra mucho más bajito–.
– Qué dices -gira la cabeza para
mirar allí-.
– Corre, mira. Fíjate bien en la
parte izquierda de la cortina...
– No veo una mierda, enciende la
luz.
– ¡No! No la voy a encender, Edu,
porque se van, seguro. Fíjate bien, por favor. En la izquierda... entorna
los ojos...
– No voy a ver nada.
Él pega un brinco y se gira a abrazar
fuerte a su novia con los ojos como platos. En la ventana vemos la perfecta silueta de un sonidista con gorra, mascando chicle y
direccionando una pértiga con un micro a un metro y medio encima de
sus cabezas.
– Amor, vámonos de aquí.
– ¿Lo has visto o no?
– Me he meado.
– Ya huelo. La otra noche te juro que vi a un
cámara saliendo del baño... pero no te iba a decir nada, porque
claro, “estoy loca”.
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